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domingo, 9 de marzo de 2014

Zulma continúa

Continúa la mañana de Zulma (el comienzo, en la entrada anterior)

Todavía no eran las ocho y media. En menos de cinco minutos podía recorrer caminando las cuatro cuadras de distancia que había entre la parada del colectivo y la clínica y entrar casi media hora antes.
Igual, no voy a salir media hora antes –pensó y decidió hacer tiempo en la calle. Pero no supo cómo. La animación de unas cuadras atrás que había visto por la ventanilla del colectivo, no existía en la avenida a la altura en la que estaba ella.
Era el mismo lugar y la misma calle de todas las mañanas y a la vez no lo era. Era la misma calle, pero una mañana de domingo.
El Normal estaba más inmóvil que de costumbre. El edificio entero en silencio, irreconocible con el enorme portón de madera y los postigos verdes que Zulma siempre veía abiertos de par en par, ahora cerrados. Faltaba también Gertrudis barriendo la vereda de los departamentos junto a la escuela y a unos metros Omar limpiando la vidriera de la librería. Al pie de la persiana de la verdulería se juntaba una parva de hojas secas y el cartel luminoso de cigarrillos bebidas del kiosco de Pedro estaba apagado. En el balcón del departamento de don Eduardo, la bandera blanca de Huracán ondeaba al viento, el blanco vuelto amarillo y las esquinas sucias. Dos pisos más arriba, en el tercero, Adela todavía no había sacado las plantas al balcón. Una radio estaba encendida en la garita de entrada al estacionamiento, pero no se veía a nadie escuchándola. Detrás de los vidrios de la concesionaria, los banderines de propaganda colgaban inmóviles.
Pensó en comprar unos caramelos y caminó una cuadra sobre Corrientes buscando un kiosco abierto. Pero cuando llegó a la esquina se dio cuenta de que no tenía ganas de comprar nada, que sólo quería retrasar la llegada al trabajo.
Aunque la avenida estaba vacía, Zulma esperó a que el semáforo cambiara para cruzarla. Antes de llegar a la vereda de enfrente una ráfaga de viento helado la envolvió y se coló por entre un hueco que había dejado descubierto la bufanda.
            La calle está dormida, con los ojos cerrados -pensó Zulma. Como si fuera una persona. Y la idea la divirtió, porque nunca se le había ocurrido que una calle pudiera dormir. Cuando lo llame a Camilo, se lo cuento.

La tercera vez que los dueños le propusieron trabajar los domingos, Zulma tardó mucho más en responder. Si ella misma no lo había pedido antes, era porque hacerlo le daba vergüenza. Pero ahora que Valentina iba a estar sin trabajar durante meses, tenía que arreglarse sola.
Todos en la clínica conocían la situación de Zulma. Incluso los jefes. Así que ella esperaba que en algún momento volvieran a ofrecerle algunas horas los domingos. Y al mismo tiempo esperaba que no lo hicieran, porque sabía que iba a estar obligada a aceptar por necesidad.
Entonces, durante semanas Zulma vivió por primera vez en su vida la ansiedad y la contradicción que significaba esperar a que sus patrones le ofrecieran algo que ella sabía que necesitaba, pero que quería rechazar. Y cuando por fin la propuesta se concretó, tuvo el sabor de remedio y a la vez de herida: algo iba a mejorar y algo iba a doler para siempre.

Cuando faltaba una cuadra para llegar se sintió sola y se arrepintió de no haber aceptado que Camilo se quedara a dormir. De pronto, le faltó la mano de él, su brazo y su pecho para contenerla, para detenerla, para volver a decirle no vayás, nos arreglamos. Si él hubiera caminado con ella esas cuadras, estaba segura de que habrían regresado y le habría asegurado que todo iba a estar bien, que ya iban a encontrar otra manera de solucionar las cosas. Es plata nomás, no lo vale –pensaba Zulma que él hubiera dicho. Y ella hubiera creído y confiado en que de verdad no lo valía, que ya iban a encontrar otra solución, que los domingos iban a seguir siendo de ella y de su hija.
Pero la calle estaba vacía y en silencio y lo único que la acompañaba era el viento que la empujaba hacia la clínica.
Si cambia el viento, me vuelvo –pensó.
Pero el viento no cambió. Y Zulma continuó avanzando la última cuadra que le quedaba con la mirada clavada en la vereda. Pensó en Sabrina y en Valentina. Se mordió el labio pensando que ella, Zulma, era responsable y que si le hubiera hablado más, si le hubiera contado todo lo que pasó entre Alberto y ella, tal vez la historia no se hubiera vuelto a repetir. Pensó en Valentina sufriendo, pensó en Sabrina sin padre. Al menos Alberto había esperado a que naciera su hija. Sintió tanta rabia con el padre de su nieta que no quería ni siquiera pensar en su nombre. Y sintió rabia con ella misma, porque no había podido evitar que su hija recorriera el mismo camino que la madre y la madre de la madre. Zulma pensó en su propia madre y en su padre, Pero no es lo mismo –pensó, porque él se había muerto. Pensó en Sabrina, que nunca iba a saber de su padre porque él no quería reconocerla. Y tuvo ganas de llorar al imaginar a Sabrina en ese mismo momento, durmiendo su sueño de recién nacida, ajena a su madre, a su abuela y a su bisabuela y ajena a todas las mujeres de su familia. Y entonces comprendió que no sólo le dolía que fuera domingo y que ella tuviera que renunciar a su único día de descanso. Le dolía también haber pasado por lo mismo que su madre y que su abuela y que quién sabe cuántas más. Le dolía Valentina abandonada. Y todo tenía gusto a derrota.

El viento continuó empujándola.

Cuando llegó a Castillo apuró el paso, miró hacia ambos lados y cruzó. Hizo veinte metros más y se detuvo frente a la clínica. Se dijo ya está, contuvo el aire y levantó la mirada dispuesta a entrar.
Frente a ella había una casa.
No había puerta de vidrio, no había portero, no estaba Tito el de seguridad, no estaba frente al edificio de tres pisos en el que había trabajado los últimos veinticinco años. Lo que había era una casa, planta baja, primer piso, ladrillo a la vista, puerta de madera, ventana con celosías de listones de madera.
La mano que había subido buscando el timbre quedó suspendida en el aire. Zulma miró la puerta y la dirección en números negros sobre la placa blanca y vio que era la correcta. Pero la casa seguía en ese lugar, donde ella había esperado encontrar la fachada de la clínica. Retrocedió dos pasos, miró hacia arriba y vio el balcón de la casa. Dio un paso más hacia atrás, hasta el cordón. En la entrada de la casa había un escalón. Ni la puerta de vidrio de dos metros de ancho en la entrada principal de la clínica, ni los tres escalones y la rampa para sillas de ruedas, ni el cantero y la mesa de entradas con Tito dormitando del otro lado. Sólo la fachada de ladrillos a la vista de la casa y la puerta de madera.
A la derecha, en lugar de la entrada para las ambulancias comenzaba un edificio de departamentos. Ahí sí había un hombre de seguridad dormido en una silla, pero ella no lo conocía. A la izquierda otra casa, con mármol negro hasta la altura de las ventanas reemplazaba a la inmobiliaria. A cada lado de la entrada no se veían los dos canteros con plantas, pero sí un árbol de tilo, justo frente a la entrada de la casa.
Zulma giró muy despacio sobre sí misma. La funeraria, el consultorio de Keller y la panadería no se veían. En su lugar, un taller mecánico cerrado, enfrente y en diagonal a donde ella estaba parada.
Caminó hasta la esquina siguiente. La otra calle tenía que ser Jufre. Lo era, entonces no se había pasado.
Regresó y volvió a pasar frente a la casa. La altura era la correcta. Continuó hasta la esquina. Castillo.
El viento giró en todas direcciones y Zulma quedó en el centro de un remolino que le revolvió el pelo y la ropa y agitó las hojas del árbol de tilo durante un segundo. Luego dejó de soplar y todo quedó inmóvil.
No puede ser. Estoy loca. Si estuve el viernes –Zulma sintió que el suelo vacilaba debajo de sus pies. Giró sobre sí misma y abrió los brazos buscando algo de donde tomarse para no caer en mitad de la vereda. Pero el tilo estaba lejos y sólo atinó a sentarse en el cordón, mirando hacia la calle.
Desapareció la clínica, ¿qué hago?
Porque eran las nueve menos veinte y ella estaba ahí. Repasó en su mente todo lo que había hecho esa mañana: despertarse, desayunar, tomar el colectivo. Había llevado a cabo la rutina de todos los días cuando tenía que entrar en la clínica a cumplir su turno.
Pero esa idea no la tranquilizó, porque aunque ella hubiera cumplido, la clínica seguía faltando de su lugar. Y con ella todo lo que había a su alrededor.
Los minutos pasaron y la calle continuó desierta. Pensó en tocar el timbre de la casa que estaba en la dirección de su trabajo, pero se arrepintió antes de hacerlo porque la casa no daba signos de movimiento en su interior: las celosías seguían cerradas y las cortinas del primer piso estaban corridas aún.
Tenía que preguntar qué había pasado con la clínica, alguno de los vecinos debía saber. Miró a su alrededor, buscando una señal de que en alguna de las casas sus habitantes estuvieran despiertos y no la encontró.
            Me tengo que calmar –se dijo, porque aunque estaba sentada sin moverse, su cabeza iba de un lado a otro de la calle, como si buscara por instinto un objeto que pudiera reconocer y en el cual hacer pie.
            En diagonal y enfrente a donde ella estaba sentada, en el taller mecánico de la esquina del otro lado de Castillo, había un cartel de letras blancas sobre un fondo negro al que le faltaba una esquina, como si alguien le hubiera dado un golpe. Anunciaba que esa calle se llamaba Acevedo.
            Como si no terminara de convencerse, Zulma se puso de pie y entrecerró los ojos, para que la luz del sol que se estaba haciendo más intensa no la hiciera equivocarse al leer.
            Acevedo.
            Le dio la espalda a la calle y al cartel y caminó hasta la puerta de entrada de la casa de mármol negro. Una placa blanca anunciaba en números y letras negras que esa calle era, de hecho, Acevedo.
            Me confundí de calle –se dijo, pero no lo creyó.
Caminó una cuadra sobre Castillo, con la mente en blanco, haciendo fuerza por no pensar en nada, porque si había caminado por Acevedo, la otra calle, la correcta, tenía que ser Gurruchaga. Llegó a la esquina y ahí estaba Gurruchaga. Y la funeraria y el consultorio de Keller y la panadería. Y la puerta de vidrio de la clínica y Tito dormido del otro lado de la mesa de entradas.
Su reloj daba las nueve y cuarto.
¿Cómo me pude equivocar de calle? –pensó. Y también pensó en la cara de Camilo cuando se lo contara. Seguro que se va a reír.
—¡Qué raro que vos te pierdas así! Si hace una punta de años que laburás ahí. ¿Y qué hiciste? ¿Entraste? –imaginó que él iba a preguntarle.

El reloj dio las nueve y media y ella seguía sin saber qué iba a contestarle a Camilo. 

sábado, 8 de marzo de 2014

Zulma

Me permite acompañarla desde hace un tiempo. Ya nos conocemos, aunque creo que más la conozco a ella de lo que ella se interesa por mí. Y hace bien, porque tiene otras cosas en las que ocuparse. Por ejemplo en vivir, en su hija, en su nieta. Ella decidió que lo mejor es contar esa mañana por partes, porque de esa forma siente que es más ajustada la fractura que vivió, menos ficcional y por eso, más tranquilo para ella. Entonces, Zulma:


Debía entrar en la clínica a las nueve de la mañana, pero era su primer domingo y no quería llegar tarde. Abrió los ojos a las cuatro, dos horas antes de que sonara el despertador. Se removió en la cama durante un rato, trató de volver a dormir y no lo consiguió. A las seis en punto salió de la cama.
Llamame cuando te levantes –había sido la tercera oferta de Camilo. Y aunque fue lo primero en lo que pensó al abrir los ojos, decidió esperar hasta las diez, por lo menos.
Si querés, me quedo a dormir y te preparo unos mates –había sido la segunda oferta de Camilo. Mientras ponía la pava al fuego trataba de recordar por qué no había aceptado. Pero no lo logró de inmediato.
Le hubiera dicho que sí. Si total –pensó Zulma. Significaba: si total tantas veces se había quedado antes y tantas veces habían dormido juntos y tantas mañanas él se había despertado más temprano para preparar los mates y comprar las facturas. Tantas mañanas él había dejado todo listo para que ella sólo tuviera que despertarse, desayunar y salir a trabajar. Cualquier día de la semana, menos los domingos.
Y otras tantas veces ella volvía a la noche y él la esperaba con la comida lista y ella se preguntaba de ¿dónde sacará la energía? Le gustaba que él se despertara antes, que la acompañara al trabajo, que fuera a la carpintería y que al terminar el día la esperara en su casa, la de ella, con la comida lista.
Como si fuera un chico –pensó Zulma. Como si me estuviera festejando un chico.
Recordó entonces que se había negado a que Camilo durmiera esa noche con ella porque era suficiente vivir la derrota de estar obligada a trabajar un domingo como para además tenerlo a él de testigo.
No vayás. Yo te doy la plata, no te hagás problema. Nos arreglamos –Pero ella sabía que yo te doy la plata significaba para Camilo recortar gastos de algún otro lado o trabajar él mismo los domingos, porque dinero no era lo que le sobraba.
¡Qué me voy a quedar tranquila si vos me das plata! A mí no me mantuvieron nunca, ¿voy a empezar ahora? –fue toda su respuesta entonces.
Y hubiera respondido lo mismo esa mañana, mientras se sentaba a desayunar junto al fuego de la hornalla. Porque Valentina era su hija y Sabrina era su nieta, no de Camilo. Y creía que si el marido y padre se había borrado, era una cuestión de Valentina y de ella, de Zulma, que la había criado. Y creía también que si el marido y abuelo también se había borrado, era una cuestión de Zulma, que lo había elegido.
Por el pudor que hubiera experimentado y también porque consideraba que no era justo, decidió que Camilo no debía darle dinero.
¡Qué querés con la justicia! Aceptámelo como un regalo.
Pero Zulma no cedió.

La noche anterior había calculado que debía salir de su casa a las siete y media porque los domingos el diecinueve pasa con menos frecuencia que durante la semana.

La primera vez que los dueños de la clínica le ofrecieron trabajar los domingos, hacía ya muchos años, ella se había negado de plano. Y si bien no se les rió en la cara, al salir del despacho no pudo reprimir una sonrisa. En esa ocasión las horas extras que se pagaban el doble no le valían lo suficiente como para alejarse lo justo y necesario de su bebé recién nacida. Entre ella y Alberto se podían arreglar muy bien si no se excedían en los gastos.

Con campera y dos vueltas de bufanda, Zulma salió de su casa camino a la parada del colectivo cuando aún no había terminado de amanecer.
Hace más frío cuando no hay nadie en la calle. 
            Cinco minutos después, subía al colectivo.
Tendría que haberme traído guantes, pensó Zulma al tocar el pasamanos que estaba helado. Sólo viajaban un hombre dormido en el asiento del fondo y el chofer, que estaba tan envuelto en abrigo como ella.
            —Buen día –dijo el chofer.
            —Buen día –respondió ella.
            —Ta fresquito, ¿eh?
            Zulma había viajado en colectivo incontables veces, como cualquiera que viviera en la ciudad. Pero hacía muchos años que había recibido el último saludo matutino de parte de un chofer de colectivos. Hasta recordaba quién había sido: un chofer de la línea sesenta, amigo de Alberto y al que ella había visto en algunas oportunidades. Era un conocido y no le extrañó que la saludara. Pero a éste hombre no lo recordaba. Era una sorpresa y por eso tardó en contestar.
            —Y bué. Es invierno, ¿no? Tiene que hacer frío –continuó el chofer.
            —Y sí –dijo ella.
            —Cuando salga el solcito se va a poner lindo. Está despejado.
            Ella sacó el boleto y se sentó en el primer asiento junto a la puerta. Siempre viajaba en la mitad del colectivo, pero notó que el chofer tenía ganas de conversar y no quiso parecer mal educada. Se hundió en el asiento y se cruzó de brazos para cerrarse el abrigo lo todo cuanto fuera posible.
—Taba lindo para quedarse en la cama debajo de las cobijas, ¿no? –el chofer le sonrió a través del espejo retrovisor.
La primera impresión de Zulma fue de alerta. ¿Qué habla de cobijas y camas, éste? Pero el hombre continuaba sonriendo y no esperó a que ella contestara.
Hablaron del tiempo, de la plata que no alcanza para llegar a fin de mes, de los dos hijos del hombre y de Valentina. En el fondo del colectivo, el otro pasajero continuaba dormido.
—Aquel se llama Barcino, como los gatos –dijo el chofer–. Hace años que viajamos juntos. Tiene un franco por semana, así que nos cruzamos casi todos los días. Los domingos viene dormido. Le podés gritar que ni te contesta. ¡Eh! ¡José!
El hombre del fondo siguió sin inmutarse.
—¿Vio? ¡Una piedra! Que duerma.
Ella viajaba hacia su trabajo y también Barcino. El chofer ya estaba trabajando. Zulma miró por la ventanilla. Las calles que cruzaban todavía estaban desiertas, pero en la avenida había algo de tráfico y vida. En una esquina una panadería abría sus puertas. Junto al colectivo marchaban taxis, otros colectivos y dentro de ellos gente arropada como Zulma, dormidos como Barcino o bien despiertos como el chofer. A ella se le ocurrió que algunos estarían volviendo a sus casas después de una noche de fiesta o de paseo. Pero había muchos otros que no volvían de ningún festejo. Trabajaban.
De pronto Zulma tuvo la sensación de pertenecer a un grupo, una hermandad de personas que trabajaban y que enfrentaban al frío, a la noche y dejaban atrás la comodidad de sus casas y a sus familias. Obligados por el dinero y por los que lo tenían. Y tuvo un sentimiento mezcla de orgullo y de heroicidad que no tuvo tiempo de disfrutar, porque casi al instante dio lugar a una sensación de bronca que le atravesó la garganta.

La segunda vez que los dueños le ofrecieron trabajar los domingos, ella pidió unos días para pensarlo. En concreto, se comprometió a contestar al día siguiente. Porque cada vez era más difícil encontrar a Alberto y cuando eso sucedía, siempre ponía alguna excusa para justificar el poco dinero que le daba. Cuando daba algo. Así que Zulma sabía que tarde o temprano Alberto iba a desaparecer del todo para dedicarse a su familia nueva y ella iba a estar obligada a mantenerse sola. Al menos hasta que Valentina terminara el colegio y pudiera empezar a trabajar. Si esa vez acabó por rechazar el ofrecimiento, fue porque confiaba en que de alguna manera iba a arreglarse por sus medios y porque los domingos eran el único día entero que tenía para descansar y estar en su casa.

—¡Qué cochina la plata!
Sin darse cuenta, Zulma había dicho eso en voz alta.
—Y más cochina cuando hace falta, ¿no? –dijo el chofer–. El otro día vi en la televisión una entrevista a un tipo, un profesor o algo. Que decía que se podía vivir sin plata, que no hacía falta. Pero seguro que él hablaba porque le sobraba la guita. Si no, no iba aparecer en la televisión.
Zulma pensó en Camilo, discutiendo en voz alta con la gente que aparece en televisión. Y se imaginó al hombre en la misma situación, por la noche, apagando el aparato con indignación.
Cuando se bajó del colectivo se despidió del chofer, que le deseó buenos días otra vez y siguió su recorrido. En el asiento del fondo, Barcino continuaba dormido.