Me permite acompañarla desde hace un tiempo. Ya nos conocemos, aunque creo que más la conozco a ella de lo que ella se interesa por mí. Y hace bien, porque tiene otras cosas en las que ocuparse. Por ejemplo en vivir, en su hija, en su nieta. Ella decidió que lo mejor es contar esa mañana por partes, porque de esa forma siente que es más ajustada la fractura que vivió, menos ficcional y por eso, más tranquilo para ella. Entonces, Zulma:
Debía entrar en la
clínica a las nueve de la mañana, pero era su primer domingo y no quería llegar
tarde. Abrió los ojos a las cuatro, dos horas antes de que sonara el despertador. Se
removió en la cama durante un rato, trató de volver a dormir y no lo consiguió.
A las seis en punto salió de la cama.
Llamame cuando te levantes –había sido la tercera
oferta de Camilo. Y aunque fue lo primero en lo que pensó al abrir los ojos,
decidió esperar hasta las diez, por lo menos.
Si querés, me quedo a dormir y te preparo unos mates –había sido la
segunda oferta de Camilo. Mientras ponía la pava al fuego trataba de recordar
por qué no había aceptado. Pero no lo logró de inmediato.
Le hubiera dicho que sí. Si total –pensó Zulma. Significaba:
si total tantas veces se había quedado antes y tantas veces habían dormido
juntos y tantas mañanas él se había despertado más temprano para preparar los mates
y comprar las facturas. Tantas mañanas él había dejado todo listo para que ella
sólo tuviera que despertarse, desayunar y salir a trabajar. Cualquier día de la
semana, menos los domingos.
Y otras tantas veces
ella volvía a la noche y él la esperaba con la comida lista y ella se
preguntaba de ¿dónde sacará la energía? Le
gustaba que él se despertara antes, que la acompañara al trabajo, que fuera a
la carpintería y que al terminar el día la esperara en su casa, la de ella, con
la comida lista.
Como si fuera un chico –pensó Zulma. Como si me estuviera festejando un chico.
Recordó entonces que
se había negado a que Camilo durmiera esa noche con ella porque era suficiente
vivir la derrota de estar obligada a trabajar un domingo como para además
tenerlo a él de testigo.
No vayás. Yo te doy la plata, no te hagás problema. Nos
arreglamos
–Pero ella sabía que yo te doy la plata
significaba para Camilo recortar gastos de algún otro lado o trabajar él mismo los
domingos, porque dinero no era lo que le sobraba.
¡Qué me voy a quedar tranquila si vos me das plata! A mí
no me mantuvieron nunca, ¿voy a empezar ahora? –fue toda su
respuesta entonces.
Y hubiera respondido
lo mismo esa mañana, mientras se sentaba a desayunar junto al fuego de la
hornalla. Porque Valentina era su hija y Sabrina era su nieta, no de Camilo. Y creía
que si el marido y padre se había borrado, era una cuestión de Valentina y de
ella, de Zulma, que la había criado. Y creía también que si el marido y abuelo
también se había borrado, era una cuestión de Zulma, que lo había elegido.
Por el pudor que
hubiera experimentado y también porque consideraba que no era justo, decidió
que Camilo no debía darle dinero.
¡Qué querés con la
justicia! Aceptámelo como un regalo.
Pero Zulma no cedió.
La noche anterior había calculado que debía salir de
su casa a las siete y media porque los domingos el diecinueve pasa con menos
frecuencia que durante la semana.
La primera vez que los dueños de la clínica le
ofrecieron trabajar los domingos, hacía ya muchos años, ella se había negado de
plano. Y si bien no se les rió en la cara, al salir del despacho no pudo
reprimir una sonrisa. En esa ocasión las horas extras que se pagaban el doble
no le valían lo suficiente como para alejarse lo justo y necesario de su bebé
recién nacida. Entre ella y Alberto se podían arreglar muy bien si no se
excedían en los gastos.
Con campera y dos vueltas de bufanda, Zulma salió de
su casa camino a la parada del colectivo cuando aún no había terminado de
amanecer.
Hace más frío cuando
no hay nadie en la calle.
Cinco
minutos después, subía al colectivo.
Tendría que haberme traído guantes, pensó Zulma al
tocar el pasamanos que estaba helado. Sólo viajaban un hombre dormido en el
asiento del fondo y el chofer, que estaba tan envuelto en abrigo como ella.
—Buen día –dijo el chofer.
—Buen día –respondió
ella.
—Ta fresquito, ¿eh?
Zulma había viajado
en colectivo incontables veces, como cualquiera que viviera en la ciudad. Pero
hacía muchos años que había recibido el último saludo matutino de parte de un
chofer de colectivos. Hasta recordaba quién había sido: un chofer de la línea
sesenta, amigo de Alberto y al que ella había visto en algunas oportunidades.
Era un conocido y no le extrañó que la saludara. Pero a éste hombre no lo
recordaba. Era una sorpresa y por eso tardó en contestar.
—Y bué. Es invierno,
¿no? Tiene que hacer frío –continuó el chofer.
—Y sí –dijo ella.
—Cuando salga el
solcito se va a poner lindo. Está despejado.
Ella sacó el boleto y
se sentó en el primer asiento junto a la puerta. Siempre viajaba en la mitad
del colectivo, pero notó que el chofer tenía ganas de conversar y no quiso
parecer mal educada. Se hundió en el asiento y se cruzó de brazos para cerrarse
el abrigo lo todo cuanto fuera posible.
—Taba lindo para quedarse en la cama debajo de las
cobijas, ¿no? –el chofer le sonrió a través del espejo retrovisor.
La primera impresión de Zulma fue de alerta. ¿Qué habla de cobijas y camas, éste?
Pero el hombre continuaba sonriendo y no esperó a que ella contestara.
Hablaron del tiempo, de la plata que no alcanza para
llegar a fin de mes, de los dos hijos del hombre y de Valentina. En el fondo
del colectivo, el otro pasajero continuaba dormido.
—Aquel se llama Barcino, como los gatos –dijo el
chofer–. Hace años que viajamos juntos. Tiene un franco por semana, así que nos
cruzamos casi todos los días. Los domingos viene dormido. Le podés gritar que
ni te contesta. ¡Eh! ¡José!
El hombre del fondo siguió sin inmutarse.
—¿Vio? ¡Una piedra! Que duerma.
Ella viajaba hacia su trabajo y también Barcino. El
chofer ya estaba trabajando. Zulma miró por la ventanilla. Las calles que
cruzaban todavía estaban desiertas, pero en la avenida había algo de tráfico y
vida. En una esquina una panadería abría sus puertas. Junto al colectivo
marchaban taxis, otros colectivos y dentro de ellos gente arropada como Zulma,
dormidos como Barcino o bien despiertos como el chofer. A ella se le ocurrió
que algunos estarían volviendo a sus casas después de una noche de fiesta o de
paseo. Pero había muchos otros que no volvían de ningún festejo. Trabajaban.
De pronto Zulma tuvo la sensación de pertenecer a un
grupo, una hermandad de personas que trabajaban y que enfrentaban al frío, a la
noche y dejaban atrás la comodidad de sus casas y a sus familias. Obligados por
el dinero y por los que lo tenían. Y tuvo un sentimiento mezcla de orgullo y de
heroicidad que no tuvo tiempo de disfrutar, porque casi al instante dio lugar a
una sensación de bronca que le atravesó la garganta.
La segunda vez que los dueños le ofrecieron trabajar
los domingos, ella pidió unos días para pensarlo. En concreto, se comprometió a
contestar al día siguiente. Porque cada vez era más difícil encontrar a Alberto
y cuando eso sucedía, siempre ponía alguna excusa para justificar el poco
dinero que le daba. Cuando daba algo. Así que Zulma sabía que tarde o temprano
Alberto iba a desaparecer del todo para dedicarse a su familia nueva y ella iba
a estar obligada a mantenerse sola. Al menos hasta que Valentina terminara el
colegio y pudiera empezar a trabajar. Si esa vez acabó por rechazar el
ofrecimiento, fue porque confiaba en que de alguna manera iba a arreglarse por
sus medios y porque los domingos eran el único día entero que tenía para
descansar y estar en su casa.
—¡Qué cochina la plata!
Sin darse cuenta, Zulma había dicho eso en voz alta.
—Y más cochina cuando hace falta, ¿no? –dijo el
chofer–. El otro día vi en la televisión una entrevista a un tipo, un profesor
o algo. Que decía que se podía vivir sin plata, que no hacía falta. Pero seguro
que él hablaba porque le sobraba la guita. Si no, no iba aparecer en la televisión.
Zulma pensó en Camilo, discutiendo en voz alta con
la gente que aparece en televisión. Y se imaginó al hombre en la misma
situación, por la noche, apagando el aparato con indignación.
Cuando se bajó del colectivo se despidió del chofer, que le deseó buenos días otra vez y siguió su recorrido. En el asiento del fondo,
Barcino continuaba dormido.
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