Dicen que cuando uno come algo pesado y se va a dormir de inmediato, sueña con caídas, con pesadez, con obstáculos. Si uno escucha jazz antes de dormir pasa lo mismo: sueña con armas de fuego, con robos y con ciudades trilladas de otros países.
No es lo que hacés
—What da fuck? –dijo Gene cuando encendió la radio. Miró el dial para comprobar si no se trataba de un error. Pero no. Era la primera sorpresa.
La estación
era la radio de Londres, pero lo que estaba escuchando era la orquesta de Jimmy
Lunceford.
Nunca había
escuchado buena música en radio Londres. Siempre había música de blancos. Pero
lo que estaban emitiendo en ese momento hacía muchos años que no lo oía. Quizá
fuera alguna introducción que usaban los blancos para esa música nueva, que tomaban
el impulso del blues o del jazz, para luego virar a las cadencias anodinas que
no iban hacia ningún lado ni le hablaban a nadie.
Pero la voz
de Trummy Young le confirmó que lo que estaba escuchando era lo que le había
parecido desde un comienzo.
T´ain´t what´cha do, it´s the way
how´cha do it.
—Damn me,
they´re learnin´, laud –y se sintió feliz de que por fin hubiera algo de
justicia en el mundo y los ingleses reconocieran lo que era la verdadera
música.
Durante los
casi tres minutos que Lunceford y Sy Oliver manejaban las trompetas, los
trombones, los saxos, el piano de Wilcox, la guitarra de Norris y el bajo de
Allen, los clarinetes y la batería de Crawford, Gene no dejó en ningún momento
de marcar el tempo con los dedos índice, como si fuera él mismo quien dirigiera
a todos esos que el había admirado cuando era niño.
—T´ain´t what cha do. Tell them,
Willie, tell them what´s just fine! –dijo cuando Willie Smith atacaba con el
solo de saxo–. No, it don´t mean a thing. It´s the time and the
place!
Mientras
cantaba recorría la habitación, para cerciorarse de que no estaba olvidando
nada. Ya había guardado el dinero en el bolso y había quemado los documentos.
Del primer cajón de la mesa de luz sacó el revólver y se lo colgó del cinturón.
Clyde tenía que llegar en cualquier momento. En una hora iban a estar fuera de
la ciudad y Evans no iba a poder encontrarlos jamás.
Sonrió con el
solo de Jimmy Crawford que anunciaba la última vuelta antes del final.
—Good old
fuckin´ times. Evans, go fuck yourself! –gritó cuando la radio quedó en
silencio. Se sentía feliz y con toda la confianza del mundo. Ya era casi la
hora en que habían convenido con Clyde para encontrarse frente al edificio. Así
que fue hasta el aparato dispuesto a apagarlo. Pero la segunda sorpresa del día
lo detuvo.
Después del
piano de Duke, atacó la trompeta de Armstrong. Y de nuevo el Duke. Barney
Bigard saltaba de repente con su clarinete y le daba paso a Armstrong, que se
comía la escena.
Gene se quedó
congelado frente al aparato, mirándolo sin comprender. Parecía que los ingleses
no sólo habían aprendido lo que era la buena música, sino que habían decidido
volverse negros.
Black and tan fantasy continuó desgarrándose
en el aire. Y aunque con seguridad Clyde ya estaría esperándolo en la entrada
del edificio, mirando nervioso por el espejo retrovisor del auto, Gene no podía
evitar que su cabeza marcara el ritmo sencillo que Danny Barcelona creaba con
la batería.
Pero no era
Danny el que tenía atrapado a Gene. Era el bajo de Mort Herbert. Gene pensaba
que aunque no se supiera nada de música o estuviera sordo de ambos oídos, era
imposible perderse cuando Morty hacía lo suyo con el bajo. Recordó aquella vez
en que lo vio salir del cine de la calle Elm. Mort Herbert ya era viejo, pero
uno sólo tenía que mirar con un poco de atención sus manos para darse cuenta de
que de ahí sólo podían salir cosas bellas. Y sólidas. Como esa tremenda pared
de sonido que estaba construyendo y sosteniendo casi él solo para Sachtmo, para
Duke y para Young.
Uno podía
cerrar los ojos y perderse, como hizo Gene. Dejarse llevar de un lado a otro
envuelto en las notas, olvidándose de las horas y los minutos, sólo siguiendo
el ritmo y la cadencia.
“Men! Young again!”, pensó de pronto. Trummy Young volvía a aparecer. Pero ahora no cantaba, se
limitaba al trombón. Con toda la precisión y la fuerza que sólo Trummy podía
demostrar. Sin pisar a Armstrong, dejándolo hacer lo suyo. El único momento en
que se lo escuchaba con más nitidez era al final, cuando toda la banda tocaba la
marcha fúnebre.
De repente,
Gene volvió en sí.
—Fuck me!
–dijo abriendo los ojos. Fantasía en
negro y canela terminaba con la marcha fúnebre. Y después de la marcha
fúnebre, sólo hubo estática en la radio. Durante un segundo contuvo la
respiración y dudó si llevar la mano hacia el aparato y apagarlo o llevar la
mano hacia su cinturón y tomar el revólver.
Aún dudaba
cuando la puerta se abrió y Evans apareció con dos hombres a sus espaldas. La
tercera sorpresa del día fueron dos disparos.
Y luego todo
se oscureció para Gene.
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