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lunes, 10 de marzo de 2014

Fantasía

Dicen que cuando uno come algo pesado y se va a dormir de inmediato, sueña con caídas, con pesadez, con obstáculos. Si uno escucha jazz antes de dormir pasa lo mismo: sueña con armas de fuego, con robos y con ciudades trilladas de otros países.

No es lo que hacés


—What da fuck? –dijo Gene cuando encendió la radio. Miró el dial para comprobar si no se trataba de un error. Pero no. Era la primera sorpresa.
La estación era la radio de Londres, pero lo que estaba escuchando era la orquesta de Jimmy Lunceford.
Nunca había escuchado buena música en radio Londres. Siempre había música de blancos. Pero lo que estaban emitiendo en ese momento hacía muchos años que no lo oía. Quizá fuera alguna introducción que usaban los blancos para esa música nueva, que tomaban el impulso del blues o del jazz, para luego virar a las cadencias anodinas que no iban hacia ningún lado ni le hablaban a nadie.
Pero la voz de Trummy Young le confirmó que lo que estaba escuchando era lo que le había parecido desde un comienzo.
T´ain´t what´cha do, it´s the way how´cha do it.
—Damn me, they´re learnin´, laud –y se sintió feliz de que por fin hubiera algo de justicia en el mundo y los ingleses reconocieran lo que era la verdadera música.
Durante los casi tres minutos que Lunceford y Sy Oliver manejaban las trompetas, los trombones, los saxos, el piano de Wilcox, la guitarra de Norris y el bajo de Allen, los clarinetes y la batería de Crawford, Gene no dejó en ningún momento de marcar el tempo con los dedos índice, como si fuera él mismo quien dirigiera a todos esos que el había admirado cuando era niño.
T´ain´t what cha do. Tell them, Willie, tell them what´s just fine! –dijo cuando Willie Smith atacaba con el solo de saxo–. No, it don´t mean a thing. It´s the time and the place!
Mientras cantaba recorría la habitación, para cerciorarse de que no estaba olvidando nada. Ya había guardado el dinero en el bolso y había quemado los documentos. Del primer cajón de la mesa de luz sacó el revólver y se lo colgó del cinturón. Clyde tenía que llegar en cualquier momento. En una hora iban a estar fuera de la ciudad y Evans no iba a poder encontrarlos jamás.
Sonrió con el solo de Jimmy Crawford que anunciaba la última vuelta antes del final.
—Good old fuckin´ times. Evans, go fuck yourself! –gritó cuando la radio quedó en silencio. Se sentía feliz y con toda la confianza del mundo. Ya era casi la hora en que habían convenido con Clyde para encontrarse frente al edificio. Así que fue hasta el aparato dispuesto a apagarlo. Pero la segunda sorpresa del día lo detuvo.
Después del piano de Duke, atacó la trompeta de Armstrong. Y de nuevo el Duke. Barney Bigard saltaba de repente con su clarinete y le daba paso a Armstrong, que se comía la escena.
Gene se quedó congelado frente al aparato, mirándolo sin comprender. Parecía que los ingleses no sólo habían aprendido lo que era la buena música, sino que habían decidido volverse negros.
Black and tan fantasy continuó desgarrándose en el aire. Y aunque con seguridad Clyde ya estaría esperándolo en la entrada del edificio, mirando nervioso por el espejo retrovisor del auto, Gene no podía evitar que su cabeza marcara el ritmo sencillo que Danny Barcelona creaba con la batería.
Pero no era Danny el que tenía atrapado a Gene. Era el bajo de Mort Herbert. Gene pensaba que aunque no se supiera nada de música o estuviera sordo de ambos oídos, era imposible perderse cuando Morty hacía lo suyo con el bajo. Recordó aquella vez en que lo vio salir del cine de la calle Elm. Mort Herbert ya era viejo, pero uno sólo tenía que mirar con un poco de atención sus manos para darse cuenta de que de ahí sólo podían salir cosas bellas. Y sólidas. Como esa tremenda pared de sonido que estaba construyendo y sosteniendo casi él solo para Sachtmo, para Duke y para Young.
Uno podía cerrar los ojos y perderse, como hizo Gene. Dejarse llevar de un lado a otro envuelto en las notas, olvidándose de las horas y los minutos, sólo siguiendo el ritmo y la cadencia.
“Men! Young again!”, pensó de pronto. Trummy Young volvía a aparecer. Pero ahora no cantaba, se limitaba al trombón. Con toda la precisión y la fuerza que sólo Trummy podía demostrar. Sin pisar a Armstrong, dejándolo hacer lo suyo. El único momento en que se lo escuchaba con más nitidez era al final, cuando toda la banda tocaba la marcha fúnebre.
De repente, Gene volvió en sí.
—Fuck me! –dijo abriendo los ojos. Fantasía en negro y canela terminaba con la marcha fúnebre. Y después de la marcha fúnebre, sólo hubo estática en la radio. Durante un segundo contuvo la respiración y dudó si llevar la mano hacia el aparato y apagarlo o llevar la mano hacia su cinturón y tomar el revólver.
Aún dudaba cuando la puerta se abrió y Evans apareció con dos hombres a sus espaldas. La tercera sorpresa del día fueron dos disparos.

Y luego todo se oscureció para Gene. 

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