La zona de estación Once es muy rara. Ahí presencié, desde la fugacidad de un colectivo detenido, una escena compleja y mágica.
Intro: la paradoja de Schröedinger plantea que si hay un gato encerrado en una caja con un gas venenoso, hasta que abramos la caja no podremos decidir si el gato vive o no. Está vivo/muerto. Es una paradoja de la física cuántica.
Sobre avenida Pueyrredón acabo de ver una piba comprando una camisa en la calle. Llevaba puesta una remera roja que decía "Schröedinger cat's dead".
Haber resuelto la paradoja no le impedía discutir con la vendedora:
-Esta no me entra -decía la chica, camisa en mano.
-Probátela -argumentaba la vendedora.
-No. Ya sé que no me entra.
-Si no te la probás, no vas a saber.
-No necesito probarla. Ya sé que es chica -resolvió la piba.
Era un problema: antes de probarla, la camisa entraba/no entraba, era indecidible. Así dirime ella las paradojas cuánticas, vía el pesimismo: el gato está muerto, la camisa no entra.
Ríanse, pero es la primera persona que conozco con la entereza moral de actuar en concordancia con la inscripción de su remera.
lunes, 2 de febrero de 2015
domingo, 30 de noviembre de 2014
Deudas
En Parque Patricios sobrevive un almacén de barrio que cierra tarde.
Hace unas noches atrás fui a buscar una cerveza y recordé que había quedado debiendo algo de efectivo.
--Te quedé debiendo el otro día. Pero no sé cuánto era -dije.
Luly (la vendedora, cuyo nombre yo conocía, pero que no sabía el mío), revisó un cuaderno.
--Ocho pesos -respondió.
Pagué. Pero no pude guardarme la intriga.
--Te hago una pregunta. ¿Con qué nombre me anotaste?
Sonrió.
--Rulitos del pasaje. No sé si vivís en el pasaje, pero siempre te vas para ese lado.
Me abstuve de decir que mi nombre es Pablo, porque me pareció mucho más simpático el que ella escribió en su cuaderno.
Y así la justicia se cumple, porque yo tomé los nombres de Luly y de su marido Logallo para los personajes de un cuento y de mi novela. Y ahora yo soy un personaje en su cuaderno.
Rulito Del Pasaje.
Diminutivo familiar y apellido.
No está nada mal!
Hace unas noches atrás fui a buscar una cerveza y recordé que había quedado debiendo algo de efectivo.
--Te quedé debiendo el otro día. Pero no sé cuánto era -dije.
Luly (la vendedora, cuyo nombre yo conocía, pero que no sabía el mío), revisó un cuaderno.
--Ocho pesos -respondió.
Pagué. Pero no pude guardarme la intriga.
--Te hago una pregunta. ¿Con qué nombre me anotaste?
Sonrió.
--Rulitos del pasaje. No sé si vivís en el pasaje, pero siempre te vas para ese lado.
Me abstuve de decir que mi nombre es Pablo, porque me pareció mucho más simpático el que ella escribió en su cuaderno.
Y así la justicia se cumple, porque yo tomé los nombres de Luly y de su marido Logallo para los personajes de un cuento y de mi novela. Y ahora yo soy un personaje en su cuaderno.
Rulito Del Pasaje.
Diminutivo familiar y apellido.
No está nada mal!
lunes, 28 de julio de 2014
La pasión en el barrio San José
—Te tengo que contar algo que no sabe nadie
y en sus ojos no se asoma el secreto, sino la pasión.
En el barrio el fútbol es importante y su convocatoria es ruidosa,
casi como en cualquier otro barrio. Aumenta los decibeles el fin de semana, en
especial el sábado, cuando juega Temperley.
Esa es la pasión visible y masculina.
Pero no es la que mueve los hilos.
La otra, más callada, menos enfática.
Femenina.
¿Cuál es? No es fácil decirlo en una palabra, porque es compleja y
a la vez absurda de tan sencilla. No se la grita, está, no se ve, se siente, es
muda, pero se escucha. Difusa, imprecisa, propiedad de las mujeres.
Y los hombres, inundados de tanto ser machos y concentrados en su
potencia la intuyen pero no la pueden nombrar.
—Es una cosa que ni sé cómo explicarte
dice ella, que tampoco puede nombrar su pasión porque es mujer pero
el único que conoce es el idioma que usan los hombres.
¿Y entonces?
Entonces la sienten. Y buscan alguna forma de manifestarla, como un
recipiente para eso que sienten y resiste las palabras.
Hace años fue la costura. Y antes de eso fueron las huertas. Hoy
tiene la forma del juego.
—Anteanoche me dio treinta pesos para que le comprara antibióticos
porque le dolía la cabeza. ¿Qué antibióticos? Le subió la presión porque estuvo
todo el fin de semana chupando.
Para ellos hay Boca, Temperley, Lanús, múltiples nombres, pero un solo
lugar: la cancha.
Para ellas no es cuestión de territorios.
Están las que buscan comunidad y reconocimiento pasan dos noches
por semana en las mesas de cartas de Lucero, la brasilera, o de Cacho Tarico
que presta la casa y sólo prepara los mates y vacía los ceniceros.
Están las más ansiosas que se dedican a la quiniela en el boliche
de Ana, intermediaria de los sorteos de nacional, provincia, tómbola, mendoza,
santa fe, Santiago, salta, a la matutina, a la vespertina, a la tarde, a la
noche.
Las que eligen el bingo, lo más cercano que hay en el conurbano a
Las Vegas, a las luces de colores y el ruido mundano que hasta los noventa sólo
se veía en la tele pero que ahora está a un colectivo de distancia, una pequeña
porción del estilo americano sino de vida, de juego.
—Con treinta pesos no comprás nada –me toma el antebrazo y le
tiembla la voz–, dos boletas de loto, nomás.
Y están las soñadoras. Las que juegan cada tanto, las retraídas,
que viajan a la estación, se meten en una agencia de lotería mirando por encima
del hombro esquivando la mirada de los vecinos. O de los familiares.
—Andaba por Lomas. Y pasé por la agencia y se me prendió la
lamparita.
No tienen vergüenza de jugar. Tienen vergüenza de que descubran que
desean, que quieren ganar dinero de golpe y viajar, comprar ropa linda, ver
otra gente, enamorarse.
—Cuando me quise acordar, estaba adentro. Y los números se me
vinieron de golpe. Doce números, alcanzaba para dos boletas. Los jugué y salí.
¡Si me preguntabas qué había jugado, no tenía ni idea!
No. No tienen vergüenza.
Es que cuidan su deseo.
—No le compré nada. Total, cuando llegué estaba dormido. Y lo vi
ahí, tirado en la cama, roncando y la habitación inundada de olor a vino agrio.
Sentí asco, está mal que lo diga, pero era asco el que sentí.
Y el juego les permite pensar que tal vez hay otra vida, que no
todo tiene que ser eso que ya conocen, que tal vez alguien las desee como ellas
desean otro cielo, que en el mundo hay un lugar donde a ellas las respetan. Un
lugar donde no hay aliento a alcohol, ni sexo a la fuerza y escaso, ni
cachetadas ni humillaciones. (Le tengo enfrente y recuerdo un moretón, sutil,
ya viejo de tres días). Esa es su pasión triste, la que está detrás de las cartas, los números, las luces de colores. Su pasión es soñar con otra vida.
Algunas sueñan bajito. Otras, poco. Pero ella, sentada delante de mí bajando la voz para que nadie la escuche, sueña cada tanto, pero alto.
Algunas sueñan bajito. Otras, poco. Pero ella, sentada delante de mí bajando la voz para que nadie la escuche, sueña cada tanto, pero alto.
Y así, ya sin soñar, en un susurro, me dice que lo de siempre no se
repitió. Que con una boleta acertó cinco de seis. Y con la otra seis de seis. Y
que todo el pozo es de ella.
—¿Te das cuenta?
Me doy cuenta pero me quedo mudo.
—Voy a poder viajar -y levanta las dos manos enlazadas, como una nena que pide un favor-. De esto, nada a nadie. ¡Por favor!
Y yo que me distraigo calculando las probabilidades y las
posibilidades de ganar como ganó ella, tardo en escuchar que
—Lo que no sé es si estará bien
y no entiendo lo que dice. La miro y ella como si no tuviera nada
qué agregar.
Al final, comprendo.
Por eso no me sorprende cuando unos días después aparece el marido
en la unidad sanitaria, borracho, llorando con el nene en brazos. Que ella lo
dejó. Que no se lo esperaba, que es una cualquiera. Que seguro se fue con un
macho. Que esas son así, se calientan y dejan hasta al pibe. (Lo veo a él y al
hijo; los conozco poco a los dos; lo recuerdo a él borracho inundando todo con
aliento a alcohol; no me producen nada. nada).
—¿Te parece a vos? ¿Te parece?
me dice. Tambalea y tiene que apoyarse en la pared para no caerse
—Como macho te pregunto, ¿te parece?
y trato de hacerme a la idea, pero para esta hora debe estar muy
lejos, porque no puedo imaginar por dónde andará. Pienso qué hubiera hecho ella
si no hubiera jugado esas dos boletas. ¿Y si no hubiera acertado? ¿Si no
hubiera tenido suerte?
Pero tuvo.
Él me mira. Y espera que le conteste como macho. Si eso quiere le doy el gusto: lo miro, me encojo
de hombros y como macho le contesto
—Qué sé yo
Él se larga a llorar y a mí su llanto no me produce nada.
miércoles, 23 de julio de 2014
El chico de la luz
—¿Cuándo es martes?, pregunta. Y resulta que no es tan obvia la respuesta. No vale
—Después
del lunes y antes del miércoles
Y tampoco
vale
—En una
semana
Porque
—¿Cuándo
es una semana?, después de mirarme con desconfianza.
Por lo
demás, ¿por qué iba a confiar él? Si en ocho años de vida resulta que soy el
primero que le viene a hablar de días martes, de semanas y esas cosas. En sí,
del tiempo, que hasta ayer no existía para él.
Y entonces
viene a la unidad sanitaria todos los días, se asoma por la ventana y pregunta
—¿Hoy?
—No. Hoy
es miércoles.
—Bueno.
Y se va
calle arriba, a su casa que antes fue casilla y que se armó junto a una calle
que antes fue entubado y antes de eso aún un río contaminado.
Hoy es
un río, igual de sucio por las curtiembres. Pero ahora corre por tubos debajo
del asfalto. Río contaminado, que se huele pero no se ve.
Y ahí va
él entonces, a su casa, sin saber del río, aunque las manchas en su cara vienen
de eso que corre bajo la calle.
—¿Hoy?
—No. Hoy
es jueves.
En la
salita se ríen de su insistencia. Porque es de él, que viene solo, sin que lo
mande ningún adulto. Y porque lo desconocen, tan preocupado por algo que no sea
cascotear los vidrios de la fábrica abandonada o perseguir a los perros con una
rama finita pero sádica.
Bien mirado,
él es uno más. En el sufrimiento, es parte del barrio. Tanto como los que
quedaron con miedo desde el último viento que les voló los techos de chapa,
como los que se angustian de tanto no trabajar como los que se quedaron del otro
lado cuando la escuela cerró las puertas.
Cosa curiosa,
el martes no pregunta si es el día. Viene y sonríe. Sabe que sí, que hoy sí.
Y ahora
ya está. Ya hay tiempo. Ya hay pasado y presente y futuro.
Y me
pregunto si en realidad será bueno el juguete metafísico que el chico acaba de
encontrar. Porque con el tiempo viene el ansia, la espera y la nostalgia.
Pero eso
es mío.
Él, sin
tiempo que perder, ya encontró los dados y espera que me sume al juego.
Tiempo,
azar y números. Ya no existen para él sólo la pobreza, el entubado y las chapas.
Ahora también existe la posibilidad de que todo eso no esté, levanta la mirada
que no es la de los ojos y mira que otros lugares también puede haber, que los
ríos que se sienten y no se ven pueden faltar y que los tornados no tienen por
qué llevarse los techos.
Y otros
vienen. Y juegan en el patio de la salita o en la calle, porque él los convoca.
Hasta les enseña a jugar con dados un juego que él inventó, donde no se suman
puntos, sino que se restan.
Hasta que
un mal día caen los postes y con ellos la electricidad del barrio. O malos días,
mejor dicho, porque la oscuridad dura una semana.
La empresa
devuelve el suministro por sectores y despacito, no vaya a ser cosa que nos
olvidemos que este es un barrio pobrísimo. Y a la casa del chico le toca la luz
antes que a la unidad sanitaria.
Llegado el
martes, su martes, se encuentra con la sala a oscuras.
—¿No
tienen la luz?
Escucho a
través de la ventana.
—No.
Responde
la enfermera que toma mate en la entrada.
—¿Quieren
luz? Yo en mi casa tengo. Ahora les traigo.
Pasa un
rato y escucho que la enfermera dice con sorna
—¿Y la
luz?
Y él
—Mi mamá
no me dejó traerla.
Ese día
juega, pero está triste y se le nota. Y yo no puedo dejar de preguntarme qué es
lo que hubiera pasado si la mamá lo hubiera dejado traer la luz.
lunes, 30 de junio de 2014
Lo comparto!
Concurso
Hace dos años participé de un concurso homenaje a Julio Cortázar. Envié una poesía y un cuento. Y hoy me han convertido en un escritor édito en una antología, con el primer premio en la categoría poesía y una mención en la de relatos. Lo comparto con ustedes.
El relato es Correspondencia, y en abril la publiqué por acá. La poesía, Gotas, la escaneo y la subiré.
domingo, 13 de abril de 2014
Correspondencia
En algún momento en mis horas de trabajo se me ocurrió esta forma de escaparse. Y bueno, habrá algunas mejores. Pero la que tuve a mano en ese instante, fue algo así.
La primera carta llegó a su casa un
domingo por la mañana.
“Estimado
Daniel Torres. Quizás aún tengas alguna reserva con respecto a lo planeado,
pero puedo asegurarte que vos y yo nos las arreglaremos para sortear los
inconvenientes. Que, dicho sea de paso, nunca suelen ser mayores. Es sólo
cuestión de saber abordarlos y en ningún momento dudar de la decisión tomada.
Por mi parte estoy buscando un lugar que se ajuste a lo que necesitamos. A vos
te toca lo relativo a tu trabajo. Saludos.”
Era una carta manuscrita, sin firma. En
el sobre no había remitente, sólo su nombre, Daniel Torres, y su dirección.
La segunda carta llegó cuatro días
después, jueves. Y durante ese tiempo, la inquietud de Torres había aumentado.
Descartó de inmediato la idea de que el correo hubiera cometido un error, ya
que no era una carta enviada por correo. El sobre no tenía sello postal y el
nombre del destinatario coincidía con su propio nombre. Intentó tranquilizarse
pensando que era una broma de alguno de sus conocidos, porque el tono era de
bastante familiaridad. Pero ése mismo domingo llamó a todos los que él suponía
que podían estar detrás del anónimo y nadie se atribuyó la autoría. Luego de un
día bastante malo, se fue a la cama convencido de que la nota tenía algo de
amenazante. Esa noche tuvo pesadillas y casi no pudo dormir.
Al día siguiente, lunes, volvió de su
trabajo y releyó una y otra vez la carta, atento a las palabras, a las frases y
a la caligrafía. Pero no pudo dar con
ningún dato que hiciera referencia al autor.
Esa noche durmió mejor, pero se
despertó cuando aún no había amanecido, con la cara empapada. Había llorado en
sueños, pero no los recordaba.
El martes volvió a llamar a todos sus
conocidos y tuvo la misma respuesta que dos días antes. Todos negaron haber
enviado la carta. Algunos, hasta se ofendieron de que Torres siguiera dudando
de ellos.
El miércoles se despertó enfermo y no
fue a trabajar. Pasó todo el día en la cama y a la noche volvió a leer la
carta. Por primera vez cayó en la cuenta de que había muchas más preguntas que
responder aparte de saber quién era el autor. ¿A qué plan se refería? ¿De qué
inconvenientes hablaba? ¿Qué era lo que el otro estaba buscando y a qué
necesidades tenía que ajustarse? ¿Qué era lo relativo a su trabajo? Eran muchas
preguntas y le extrañó que no se las hubiera hecho antes. Pensando esto, en
algún momento de la noche se durmió con la carta entre las manos.
Al día siguiente, jueves, lo despertó
alguien que llamaba a la puerta de su casa. Era un cartero.
Esta vez, el sobre tenía destinatario y
un sello de la república de Francia.
“Estimado
Daniel Torres. Surgió un inconveniente con el lugar que había encontrado para
vos. Una lástima, porque estaba ubicado en Montparnasse, y creo que te hubiera
gustado. La dueña no estuvo de acuerdo con el precio y no fue posible negociar. Pero bueno, seguiré
buscando. ¿Cómo va tu parte? Espero que ya hayas avisado en tu trabajo. Verdier
está ansioso de conocerte y charlar con vos los detalles de cómo te gustaría
disponer tu oficina. Saludos.”
Torres leyó la carta tres veces y
estaba tan abstraído que se sobresaltó cuando el médico de la empresa tocó el
timbre de su casa. Recién entonces cayó en la cuenta de que era jueves y
tampoco había ido a trabajar ni había avisado. Mintió un malestar estomacal,
que el médico creyó a medias, pero que sirvió para justificar las dos
ausencias. Aunque tenía que reincorporarse al día siguiente.
Una vez solo, Torres volvió a la carta.
Contenía mucha más información que la primera. Pero no aclaraba nada, sino que
por el contrario, dejaba más preguntas sin respuesta. Alguien en París estaba
buscando algo para él, Torres. Un departamento o una casa. Se trataba de un
alquiler o una compra. Parecía que todo estaba arreglado, pero no. Había que
seguir buscando. Mientras tanto, un tal Verdier estaba ansioso por hablar con
Torres sobre una oficina. Quizás el sitio en Montparnasse y la oficina fueran
lugares diferentes. Pero todo eso no dependía de él, ya alguien estaba
ocupándose. Lo que más intrigaba a Torres era qué se suponía que tenía que
avisar en su trabajo.
Durante el resto del día, Torres se
sintió más tranquilo. Pensó en distraerse un poco ya que había pasado una
semana bastante nervioso, así que fue al cine y luego a cenar. Esa noche soñó
con una ciudad sumergida en el fondo del mar.
Durante los diez días siguientes volvió
a la rutina cotidiana. Fue a trabajar, visitó algunos amigos e hizo las compras
para el resto del mes. Y un lunes recibió la tercera carta, que venía en un
sobre con un sobre más pequeño dentro.
“Estimado.
¡Encontré un departamento fabuloso! Está en el barrio de Montmartre, cerca de
la basílica de Sacré Cœur. Es un cuarto piso sobre una calle muy tranquila.
Estoy seguro de que va a ser de tu agrado. Verdier ya habló con Couturier y me
preguntaron si ya habías solucionado lo de tu trabajo en Buenos Aires. Les dije
que sí. Ya lo hiciste, ¿no? Están muy entusiasmados. Andá pensando en el veinte
de este mes. Pd. En un sobre adjunto va el adelanto prometido. Saludos.”
“Ya es una tranquilidad. La cosa va
encaminada”, pensó Torres, abriendo el sobre que contenía el dinero. “Si
Verdier y Couturier están tan entusiasmados, la cosa va bien.” Pensó también
que el cuadro en general se veía mejor, aunque todavía no entendía muy bien qué
se esperaba de él.
Diez días después, recibió un sobre en
su casa. Éste tenía remitente y fue necesario que firmara el recibo. Era de una
compañía aérea, que lo felicitaba porque el señor Torres los había elegido para
su vuelo y adjuntaba el pasaje impresos. Asimismo, le recomendaba que el día
previsto se presentara dos horas antes en los mostradores de la empresa en el
aeropuerto, para despachar el equipaje.
Esto lo sobresaltó. No tenía nada
preparado. Tuvo que salir esa misma tarde a comprar dos valijas, una grande para
despachar y otra más pequeña, como equipaje de mano. Una carta lo esperaba
cuando volvió a su casa. Dejó las valijas y la leyó.
“Daniel.
Si no calculo mal, hoy habrás recibido el pasaje. Como ves, pude arreglar todo
para que salieras el veinte. No voy a poder ir a buscarte al aeropuerto, espero
que no te moleste. La dirección del departamento es 15, Rue Dautancourt. En
cuanto llegues a Charles de Gaulle, debés tomar el tren B hasta la Gare du
Nord, allí tomar el tren E hasta Saint Lazare y luego la línea 13, hasta La
Fourche. La Rue Dautancourt está a dos cuadras, no te podés perder. Te va a
esperar la señora Dunois para entregarte las llaves. Saludos”.
Faltaban aún diez días, pero a Torres
no le pareció mucho tiempo. Esa misma noche armó las valijas y se dio cuenta de
que iba a necesitar una valija más. La compró al otro día. También compró
algunos libros y dos corbatas. Dejó en orden la casa e hizo una copia de sus
llaves para una vecina de confianza que iba a encargarse de las plantas y de
mantener la limpieza. Llegó el día de la partida y camino al aeropuerto recordó
que no había ido a trabajar en los últimos diez días ni había avisado. Al
llegar a Ezeiza, llamó por teléfono para avisar que se iba. Se enteró en ese
momento que de todas formas lo habían despedido. La secretaria que lo atendió
estaba perpleja. Quiso comunicarlo con el jefe, pero Torres le dijo que no
tenía tiempo, que ya lo llamaría. O no. Luego despachó las valijas, tuvo tiempo
de tomar un café y subió al avión.
Dieciséis horas después, entraba al 15,
Rue Dautancourt. Era un departamento con dos habitaciones, un baño, una cocina
y una sala. Las alacenas y la heladera estaban bien provistas. Desde el balcón
se podía ver la cúpula de la basílica. Sobre el escritorio de la sala, encontró
un sobre con su nombre.
“Espero
que hayas tenido un buen vuelo. Me hubiera gustado ir a buscarte al aeropuerto,
pero me fue imposible. ¡Igual, si estás leyendo esto, es porque encontraste el
lugar! ¿Qué te parece París? Y lo que viste no es nada. Ya vas a ver que con el
correr de los días, ¡se pone mejor! En el primer cajón de la derecha en este
escritorio vas a encontrar un celular. Ahí está el número de Verdier. Hoy
descansá, pero mañana llamalo. No lo pospongas. Pd. En el cajón de la izquierda
tenés papel, lapicera y la guía de Buenos Aires. Ya sabés lo que tenés que
hacer”.
Torres desempacó algo de ropa, se dio
una ducha y durmió una siesta. Al despertarse se preparó un café y fue hasta el
escritorio. Del primer cajón de la izquierda sacó las hojas y la lapicera.
Pensó durante unos minutos, mientras tomaba el café. Buscó opciones, consultó
la guía y escribió la carta, que comenzaba diciendo:
“Estimado
Agustín Ramos. Quizás aún tengas alguna reserva.”
martes, 1 de abril de 2014
Linchamientos y Micro relatos
Al parecer, hay gente que decide seguir las enseñanzas de Lynch.
Pero no de David Lynch, lo que sería sin dudas un poco más sano.
No. Las enseñanzas de algún Lynch epónimo, que habrá dado origen al acto de juicio y castigo público que elige ser rápido, violento y arbitrario.
¿Por qué? Tal vez haya gente que está cansada de... bueno, no. No hay cansancio tan grande que justifique que una turba mate a un solo individuo. Ni a dos, ni a ocho, ni a veinte.
Tal vez sea porque hay Estados que no cumplen con lo que... y... no. No suena creíble que porque un Estado tenga tal o cual defecto haya que salir a repartir lecciones de criminología aplicada.
Tal vez sea el clima, la temperatura que afecta a... las... este... Parece que no. En Buenos Aires no varió tanto tanto el tiempo estos últimos días.
Bueno, vamos. Será una cuestión de discurso. Hay en el aire siete u ocho frases que se transmiten por altoparlantes en cada esquina, en cada puesto de diarios, en cada bar, en cada butaca de acompañante de los taxis, en cada radio am. Y hay personas que las adoptan como si fueran La Verdad Revelada (porque todavía creen en La Verdad Revelada). Adoptan las frases hechas, los lugares comunes, los dichos que todos sabemos y que cada tanto se nos repiten solos en la cabeza. Frases hechas que sacan su fuerza de la repetición con la que son dichas y de la pereza del que las dice, que no se preocupa por estirarse un poquito a ver si son tan ciertas como parecen.
Y sí, los linchamientos deben ser producto de la pereza mental. Todo está en el lugar que tiene que estar; las palabras significan lo mismo de siempre; la gente camina siempre por la misma calle; al que madruga dios lo ayuda; si hoy te roban, mañana te matan; les cortás las manos y no roban más. Me convence esta explicación. El que lincha no es un resentido: es un perezoso, un vago, que necesita confirmar lo que ya sabe y que su mundo siga igual de ordenado que siempre; si para eso debe recurrir a la violencia, bueno, pues allá va.
¿Y qué hace uno cuando lo único que tiene a mano son las palabras?
¿Y qué hace uno que trata de no ser tan displicente y quiere jugar un poco con las palabras?
Se me ocurre, a ver qué les parece, romperlas un poco, buscar las sillas con las patas rotas, la palabra fuera de lugar. Pongamos por caso:
Un puente decide suicidarse y se tira
desde lo más alto de un hombre.
o
Una cabeza se apura para llegar a su
cita con una maceta que cae desde un cuarto piso.
o
Un hombre solitario cae muerto en
medio de su habitación. Como nadie lo ha visto morir, se pone de pie, se sacude
el polvo de la ropa y sale a la calle.
o
Una mujer decide escribir su
biografía. Relata su vida hasta el momento en que decide escribir su biografía
y relata que escribe su biografía hasta el momento en que decide escribir su
biografía y relata que escribe su biografía hasta el momento en que decide escribir en su biografía y relata que escribe su biografía hasta el momento en que decide…
o
Por la mañana, un hombre despierta en
su casa. Comprueba que removieron sus muebles, donaron su ropa, repartieron sus
libros y cuando pronuncian su nombre no se refieren a él. Por la tarde entiende
que se ha vuelto un fantasma. Se retira en silencio antes de que se ponga el
sol.
o
Una casa decide que no le conviene
continuar abandonada. Limpia su jardín, arregla su tejado, limpia su fachada,
expulsa a los fantasmas, pinta sus paredes y remueve el polvo, prepara café y
se sienta sobre sus cimientos a esperar.
o
Una araña es imprudente. Teje su tela
demasiado cerca de las moscas. Quizás atrape alguna y no sepa qué hacer con
ella.
o
Un piano se cansa de su dueño y
aumenta medio tono todas sus cuartas.
o
Buscando un remedio al óxido, una
máquina de escribir abandonada trabaja sobre la última novela que escribieron
en ella. Elimina adverbios, deshecha adjetivos, recorta pasajes redundantes, se
detiene en descripciones incompletas. Al finalizar, lee el trabajo, pero aún no
se convence. Vuelve a empezar.
¡Qué sé yo!
Tal vez si la gente jugara con las palabras un poco más, si se deseara lo por venir, los viajes y lo extraño, aparecerían ideas nuevas, otras imágenes.
De lo que estoy seguro, es de que mientras escribía esto, en las cercanías no murió nadie.
Creo.
Pablo.
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