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martes, 1 de abril de 2014

Linchamientos y Micro relatos

Al parecer, hay gente que decide seguir las enseñanzas de Lynch.


Pero no de David Lynch, lo que sería sin dudas un poco más sano. 

No. Las enseñanzas de algún Lynch epónimo, que habrá dado origen al acto de juicio y castigo público que elige ser rápido, violento y arbitrario. 

¿Por qué? Tal vez haya gente que está cansada de... bueno, no. No hay cansancio tan grande que justifique que una turba mate a un solo individuo. Ni a dos, ni a ocho, ni a veinte. 

Tal vez sea porque hay Estados que no cumplen con lo que... y... no. No suena creíble que porque un Estado tenga tal o cual defecto haya que salir a repartir lecciones de criminología aplicada. 

Tal vez sea el clima, la temperatura que afecta a... las... este... Parece que no. En Buenos Aires no varió tanto tanto el tiempo estos últimos días. 

Bueno, vamos. Será una cuestión de discurso. Hay en el aire siete u ocho frases que se transmiten por altoparlantes en cada esquina, en cada puesto de diarios, en cada bar, en cada butaca de acompañante de los taxis, en cada radio am. Y hay personas que las adoptan como si fueran La Verdad Revelada (porque todavía creen en La Verdad Revelada). Adoptan las frases hechas, los lugares comunes, los dichos que todos sabemos y que cada tanto se nos repiten solos en la cabeza. Frases hechas que sacan su fuerza de la repetición con la que son dichas y de la pereza del que las dice, que no se preocupa por estirarse un poquito a ver si son tan ciertas como parecen. 

Y sí, los linchamientos deben ser producto de la pereza mental. Todo está en el lugar que tiene que estar; las palabras significan lo mismo de siempre; la gente camina siempre por la misma calle; al que madruga dios lo ayuda; si hoy te roban, mañana te matan; les cortás las manos y no roban más. Me convence esta explicación. El que lincha no es un resentido: es un perezoso, un vago, que necesita confirmar lo que ya sabe y que su mundo siga igual de ordenado que siempre; si para eso debe recurrir a la violencia, bueno, pues allá va. 

¿Y qué hace uno cuando lo único que tiene a mano son las palabras?
¿Y qué hace uno que trata de no ser tan displicente y quiere jugar un poco con las palabras?
Se me ocurre, a ver qué les parece, romperlas un poco, buscar las sillas con las patas rotas, la palabra fuera de lugar. Pongamos por caso:

Un puente decide suicidarse y se tira desde lo más alto de un hombre.

o

Una cabeza se apura para llegar a su cita con una maceta que cae desde un cuarto piso.

o

Un hombre solitario cae muerto en medio de su habitación. Como nadie lo ha visto morir, se pone de pie, se sacude el polvo de la ropa y sale a la calle. 

o

Una mujer decide escribir su biografía. Relata su vida hasta el momento en que decide escribir su biografía y relata que escribe su biografía hasta el momento en que decide escribir su biografía y relata que escribe su biografía hasta el momento en que decide escribir en su biografía y relata que escribe su biografía hasta el momento en que decide…

o

Por la mañana, un hombre despierta en su casa. Comprueba que removieron sus muebles, donaron su ropa, repartieron sus libros y cuando pronuncian su nombre no se refieren a él. Por la tarde entiende que se ha vuelto un fantasma. Se retira en silencio antes de que se ponga el sol.

o

Una casa decide que no le conviene continuar abandonada. Limpia su jardín, arregla su tejado, limpia su fachada, expulsa a los fantasmas, pinta sus paredes y remueve el polvo, prepara café y se sienta sobre sus cimientos a esperar.

o

Una araña es imprudente. Teje su tela demasiado cerca de las moscas. Quizás atrape alguna y no sepa qué hacer con ella.

o

Un piano se cansa de su dueño y aumenta medio tono todas sus cuartas. 

o

Buscando un remedio al óxido, una máquina de escribir abandonada trabaja sobre la última novela que escribieron en ella. Elimina adverbios, deshecha adjetivos, recorta pasajes redundantes, se detiene en descripciones incompletas. Al finalizar, lee el trabajo, pero aún no se convence. Vuelve a empezar.

¡Qué sé yo! 
Tal vez si la gente jugara con las palabras un poco más, si se deseara lo por venir, los viajes y lo extraño, aparecerían ideas nuevas, otras imágenes.
De lo que estoy seguro, es de que mientras escribía esto, en las cercanías no murió nadie.

Creo.

Pablo.





miércoles, 19 de marzo de 2014

El Viejo que elige




Todos los hombres eligen el camino que recorren.

Es el título de una canción de Archie Roach, que muchos conocerán por
ser banda de sonido de la película El Rastro.
Y si ampliamos el título a todo género, suena aún más a declaración de
principios:
Todos los hombres y todas las
mujeres eligen el camino que recorren
.
Si uno lo dice en voz alta –hay que hacer la prueba– suena a verdad. Intenté
varias entonaciones y el resultado era el mismo siempre: una verdad que no
admite matices, una verdad que abarca a todos los que se refiere (hombres y
mujeres), una verdad de peso, una verdad que además suena bien.
¿Por qué me encontré con esta canción justo ahora? Como no creo en las
casualidades, me pongo a pensar un rato y me doy cuenta de que esa frase podría
haber sido el tema de muchas conversaciones que mantuve en el último tiempo.
Con distintas personas, que para mayor misterio, no se conocen entre sí.
¿Hipótesis? Que esa idea está en el aire, al menos entre la gente con
la que me muevo. Que las elecciones, los caminos, los hombres y las mujeres,
andan rondando el aire y las cabezas de las personas que dicen todos elegimos el camino que recorremos
y lo repiten.
No seré el único que ha escuchado esa frase. ¿Qué significa? Tal vez,
una afirmación de la personalidad, de la historia propia y de las decisiones en
la vida. El todos quizá significa yoyo
elijo el camino que recorro
. Mucho ha dicho el cristianismo (el libre
albedrío y demás, que por otro lado justifica las penas y los castigos, incomprensibles
de otra forma).
Y de pronto, como me atrapan siempre las imágenes, me vino a la memoria
el Viejo de los Papelitos. Yo lo
llamaba así, era viejo (muy muy viejo, para mis ocho años) y vivía en la estación
de trenes de mi pueblo.  Y lo recordé
como lo vi siempre: sentado en las veredas, con la espalda apoyada en la pared
de una casa o un negocio; sin importarle nada de nadie, sólo concentrado en los
montones de papeles que juntaba a su alrededor. ¿Para qué? Para cortarlos con
las manos en pequeños trocitos. Papeles de diarios, papeles de regalos viejos,
papeles de volantes de la vía pública, todo papel era útil si se podía cortar
con las manos.
Verlo por la mañana era saber que todo estaba en su lugar: la calle, la
estación, el Viejo de los Papelitos, todo en orden. Pero sólo por las mañanas.
Jamás lo vi después de las seis de la tarde. Nunca hablaba con nadie.
El Viejo era la muestra viviente de que la frase, tan cerrada y
absoluta y verdadera, tenía ribetes. Como si él dijera Bueno, todos elegimos el camino que recorremos, pero yo elijo no
recorrer ningún camino
.
Y nosotros, que íbamos y veníamos, que estábamos caminando o corriendo
o de rodillas hacia los horarios, los trabajos, las escuelas, las citas,
pasábamos por la estación y ahí estaba el Viejo, que no por viejo era menos
intemporal, cortando papelitos. Creo que hubiera cortado un billete de un
millón si lo hubiera tenido a mano, porque a él le valían más los trocitos de
papel que el papel entero, aún que el papel de banco.
Y ahora que lo pienso, ya que rompía con toda tranquilidad los diarios,
¿no hubiera destrozado también las páginas de un libro, papeles al fin y al
cabo? Una lástima para mí, pero sí, lo hubiera hecho.
Un día el Viejo de los Papelitos desapareció. No supe, creo que nadie
supo, hacia dónde encaró el rumbo, ni si fue él mismo el que decidió arrancar a
caminar o si fueron las circunstancias. Nunca crucé una palabra con él, lo
repito, pero fue la primera persona que me enseñó con su sola presencia que el
tiempo era relativo, que el tiempo de unos no era el tiempo de todos, Y que
caminos había muchos, aunque sólo fueran largos como un pedacito de papel.


Habrá seguido el destino que nos espera a todos, es lo más lógico. Pero
prefiero pensar que en él se hizo una excepción, que se convirtió en una idea,
o la imagen de una idea, y que anda por ahí, dando vueltas quién sabe por qué
cabezas que todavía lo recuerdan.
Entonces, esta entrada comenzó con Archie Roach y me dejé ir y hasta él llegamos

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